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Caprese clásica con rodajas de tomate, mozzarella de búfala, albahaca y aceite de oliva en un plato
©Midjourney: Esta imagen ha sido creada con ayuda de inteligencia artificial.

El tomate con mozzarella es el plato más infravalorado de Italia. Y, al mismo tiempo, aquel en el que más nos equivocamos fuera de Italia. Tres ingredientes, nada de fuego, ninguna técnica: no se puede hacer mal, ¿verdad? Sí se puede. Yo lo hice mal durante años.

En mi caso era así: tomates de la nevera, una bola de mozzarella sacada de la tarrina, escurrida deprisa, todo en rodajas, albahaca por encima, un chorrito de aceite y listo. Sabía bien. Y cuando pedía ese mismo plato en el italiano de la esquina, me quedaba desconcertado una y otra vez: ¿por qué allí sabe tantísimo mejor? Si son las mismas tres cosas.

La respuesta la he ido reuniendo durante años, viajando por Campania y Puglia, hablando con queseros y con dueños de trattorias y, siendo sincero, también gracias a algunos momentos bastante aleccionadores en mesas italianas. No tiene nada que ver con una receta secreta. Tiene que ver con la temperatura, con la madurez, con el momento justo y con una buena dosis de respeto por lo que uno tiene delante. Aquí va todo lo que he aprendido.

El clásico se llama caprese y es más joven de lo que crees

Lo que aquí llamamos tomate con mozzarella se llama en Italia insalata caprese: la ensalada de Capri. Verde, blanco y rojo: los colores de la bandera italiana en un plato. No es casualidad, es el núcleo de toda la historia.

Sobre su origen circulan dos relatos y me gustan los dos, aunque ninguno se pueda demostrar del todo. El primero transcurre en los años veinte en el Grand Hotel Quisisana de Capri: allí el plato habría llegado a la carta como homenaje a las ideas del futurista Filippo Tommaso Marinetti, que rechazaba la pesada pasta italiana y reclamaba una cocina ligera. El segundo relato es más terrenal y ocurre después de la Segunda Guerra Mundial: un albañil de Capri habría rellenado su bocadillo del descanso con los colores de su país por puro patriotismo: tomate, mozzarella y albahaca. Y luego está el bonito episodio del rey Faruk de Egipto, que en 1951 comió una caprese en Capri y, según se cuenta, quedó entusiasmado. El periodista gastronómico italiano Luciano Pignataro ha reunido esos hilos en su artículo sobre la historia de la caprese (en italiano).

Lo que conviene retener: este plato no es una tradición campesina de siglos, sino un invento del siglo XX. En los grandes recetarios antiguos todavía no aparece. Pellegrino Artusi, cuyo La scienza in cucina e l’arte di mangiar bene de 1891 sigue considerándose la obra fundacional de la cocina casera italiana, no conoce la caprese; el tomate, en cambio, lo conoce muy bien. En su receta número 125 para la salsa de tomate (en italiano) cuenta la anécdota de un cura de la Romaña que se metía en todo y al que la gente llamaba con guasa «Don Pomodoro», porque el tomate también acaba metiéndose en todas partes.

Esa idea me gusta porque coloca la exigencia en su sitio. La caprese no es una pieza de museo que haya que reproducir con exactitud. Es un plato joven y pragmático. Pero sí tiene una idea detrás, y dice así: tres cosas de primera a las que se deja en paz.

El tomate lo decide todo, no la mozzarella

Esta es mi opinión más impopular sobre el asunto y aun así la defiendo con total convicción: quien decide el éxito o el fracaso no es el queso, es el tomate. Una mozzarella mediocre junto a un tomate excelente da un buen plato. Una mozzarella excelente junto a un tomate acuoso y pálido no da absolutamente nada.

La elección clásica en Italia es el tomate corazón de buey, cuore di bue: grande, carnoso, acostillado, con pocas pepitas y mucho aroma. Pignataro menciona en su texto justamente esa combinación como reparto ideal: tomate corazón de buey firme, mozzarella de búfala, albahaca, orégano y un hilo de aceite de oliva. Funcionan igual de bien los tomates de ensalada bien maduros, las variedades antiguas o un tomate de rama madurado al sol en pleno verano.

Lo que no funciona es el tomate de salsa. El San Marzano es un tomate maravilloso, pero está criado para cocerse, no para el plato en crudo. Tiene paredes firmes, poco jugo y poca dulzura, y cortado en crudo sabe plano. Quien hace una caprese con San Marzano no comete ningún delito moral, pero está desaprovechando el plato.

Y ahora el punto en el que casi todo se tuerce: los tomates no van en la nevera. Por debajo de unos doce grados degradan las sustancias aromáticas que hacen que sepan a tomate, y eso no vuelve aunque después los dejes fuera. Un tomate que ha pasado tres días en la nevera está rojo y firme y no sabe a nada. Ese es exactamente el tomate que hay en la mayoría de nuestras capreses. Si de todo este artículo te quedas con una sola cosa, que sea esta.

Y aquí, la verdad, tenéis una ventaja enorme sobre media Europa: en España hay tomate bueno de verdad. En los mercados de Madrid o de Barcelona, en cualquier plaza de abastos y en el puesto del pueblo se encuentran variedades que en el norte de Europa solo se ven en fotos. Un tomate rosa bien maduro, un feo de temporada, un corazón de buey de julio: ese es el punto de partida con el que un italiano firmaría encantado. Sería una lástima meterlo en la nevera.

Mozzarella: por qué los italianos nunca la comen helada

Burrata abierta con el relleno cremoso saliendo junto a gajos de tomate maduro
©Midjourney: Esta imagen ha sido creada con ayuda de inteligencia artificial.

Aquí la cosa se vuelve concreta, porque aquí no hay opiniones sino una indicación oficial. El Consorzio di Tutela della Mozzarella di Bufala Campana DOP, es decir, el consejo regulador de los productores de mozzarella de búfala, publica con regularidad un vademécum de verano con los errores que hay que evitar (en italiano). Cuatro puntos ocupan el centro, y tres de ellos los hace mal prácticamente todo el mundo.

Primero, la temperatura. La temperatura de servicio ideal está, según el consejo regulador, en torno a los 18 o 20 grados. No fría. Del tiempo. El queso frío es queso sordo: la grasa permanece dura, el ácido láctico no llega, la dulzura fina desaparece. Quien corta su mozzarella directamente de la nevera se pierde literalmente la mitad.

Segundo, la conservación. La mozzarella debe estar en su propio líquido, el liquido di governo, ese suero turbio y ligeramente salado de la tarrina que muchos tiran lo primero. Precisamente ese líquido mantiene el queso jugoso e intacto de sabor. Y si te la vas a comer el mismo día, en rigor ni siquiera hace falta meterla en la nevera. Si aun así tiene que estar en frío porque la vas a usar dentro de dos días, rige la regla del consejo: sacarla al menos una hora antes. Si hay prisa, también puedes sumergir la tarrina sin abrir unos cinco minutos en agua a 35 o 40 grados.

Tercero: no condimentarla hasta matarla. El consejo regulador desaconseja expresamente sazonar mucho la mozzarella, porque los condimentos tapan justamente los aromas por los que has comprado el queso. «Gustandola al naturale», disfrutarla en su estado natural, es la recomendación. De esto hablo enseguida, porque afecta a una cuestión que precisamente de nosotros no esperarías.

Y cuarto, el consejo advierte de la confusión con la mozzarella de leche de vaca. Ambas son mozzarella, pero son dos cosas distintas: la de búfala de Campania es más jugosa, más ácida, claramente más intensa; la fior di latte de leche de vaca es más suave, más firme, más discreta. Yo uso mozzarella de búfala cuando el queso tiene que ser la estrella, y fior di latte cuando entran en juego muchos otros ingredientes. Ambas son legítimas: solo hay que saber lo que se compra.

Burrata o mozzarella: cuándo elijo cada una

La burrata ha aterrizado en los últimos años en una de cada dos cartas, y entiendo por qué: es un pequeño espectáculo. Por fuera parece una mozzarella algo demasiado rellena, pero dentro esconde un relleno de hebras de queso y nata que se derrama al abrirla. El nombre viene de burro, mantequilla, y da bastante en el clavo.

Su casa no es Campania sino Puglia, más concretamente la zona de Andria. La Burrata di Andria lleva desde hace unos años el sello europeo IGP y la vela un consorcio de protección propio. Es importante saberlo cuando uno está en la tienda: solo está protegida la burrata de Andria, elaborada con leche de vaca apulense según el pliego de condiciones. La palabra «burrata» por sí sola es una denominación genérica, y por eso la burrata de otras regiones también puede llamarse así. Quien quiera el original tiene que mirar el origen y el sello, no la palabra.

Mi regla personal: mozzarella cuando el tomate es el protagonista; burrata cuando la cosa puede ser opulenta. La caprese clásica, con sus rodajas alternadas, vive del juego entre firme y jugoso, y eso la burrata no lo puede hacer porque se derrama. A la inversa, una burrata entera, abierta por el centro, con gajos de tomate alrededor, buen aceite y sal, es uno de los platos de verano más bonitos que existen. Solo que eso ya no es una caprese, sino otra cosa. Las dos están bien, pero no conviene mezclarlas.

Aceite, sal, albahaca y el asunto sincero del balsámico

Ahora llega la parte en la que, como vendedor de balsámico, debería escribir otra cosa distinta de la que escribo.

La caprese clásica en Italia no lleva vinagre. Punto. Lleva buen aceite de oliva virgen extra, sal, albahaca y, según la zona, algo de orégano. Nada más. Pignataro lo formula en su texto de manera bastante inequívoca: caprese solo hay una, tomate, mozzarella y hierbas finas, preferiblemente albahaca y orégano. El resto es, por traducirlo con educación, palabrería. Y el consejo regulador, como ya he dicho, desaconseja de todos modos condimentar en exceso.

Así que si alguien está sobrevolando una mozzarella de búfala de verdad con la botella oscura en la mano, yo digo: déjalo. Un vinagre industrial punzante y ácido destroza ese queso. Tapa el ácido láctico fino y lo que queda es acidez sobre acidez.

Y ahora la distinción que me importa, porque no es una estrategia de venta sino una diferencia artesanal. Un Aceto Balsamico Tradizionale viejo, envejecido en barrica, tiene tanto que ver con ese vinagre como un oporto con el mosto. Es denso, casi como un jarabe, oscuro, y no sabe en primer lugar a ácido sino a higo, fruta seca, caramelo y madera. Una gota así no es un aliño, es una especia.

Mi consejo sincero, tal como yo mismo lo hago: en una caprese de verdad con buena mozzarella de búfala lo dejo fuera. Ahí sería un invitado de más. En una burrata, en cambio, que es más dulce, más cremosa, más redonda, pongo dos o tres gotas en el borde del plato, sobre el tomate, nunca sobre el queso. Y lo mismo cuando los tomates no están a la altura, que de octubre a mayo es sencillamente lo normal: entonces una buena gota devuelve exactamente la dulzura y la profundidad que le faltan al tomate. Ese es el único caso en el que no molesta, sino que salva.

Lo que en ningún caso debería ocurrir es ese dibujo oscuro que en muchos restaurantes se pinta sobre el plato. Esas cremas espesas suelen estar ajustadas con espesantes y azúcar y tienen poco que ver con un balsámico envejecido. Quedan bien en las fotos, y nada más.

En casa: así hago yo el tomate con mozzarella

En casa el plato está listo en cinco minutos, siempre que hayas pensado en él media hora antes. Justo en eso consiste todo el arte. Así lo hago yo:

  1. Una hora antes saco la mozzarella y los tomates de la nevera; la mozzarella, en su líquido y sin abrir. Mis tomates están fuera de todos modos, en un cuenco.
  2. Los tomates los corto con un cuchillo realmente afilado en rodajas de unos cinco milímetros. Un cuchillo romo los aplasta y el jugo acaba en la tabla en lugar de en el plato.
  3. Ahora se sala, y solo el tomate, y de inmediato. La sal saca algo de jugo que después se une al aceite formando una pequeña salsa propia. El queso no lo salo: ya viene salado.
  4. La mozzarella prefiero desgarrarla a cortarla. Los bordes rasgados absorben el aceite y el jugo del tomate mejor que las superficies lisas. En una caprese clásica se puede cortar, claro: el juego de las rodajas es precisamente la imagen del plato.
  5. La albahaca se arranca con las manos, no se pica. En el corte la hoja se oxida, se oscurece y amarga. Hojas enteras, sueltas con los dedos.
  6. Y al final el aceite, generoso, y solo justo antes de servir. Un aceite de oliva virgen extra frutado y con carácter. Si después el plato reposa un par de minutos, mejor todavía, pero no debe esperar a que todo el mundo se siente a la mesa.

Y ahora lo más importante, que no aparece en ninguna receta: al final queda en el plato un charquito de aceite, jugo de tomate y suero. Eso no es un residuo, es lo mejor de todo el plato. Los italianos tienen una palabra propia para ello: fare la scarpetta, rebañar con un trozo de pan. Quien no lo hace, se ha dejado medio plato.

En el supermercado: en qué me fijo

Tomates corazón de buey y de rama maduros en cajas de madera en un puesto de mercado italiano
©Midjourney: Esta imagen ha sido creada con ayuda de inteligencia artificial.

Seamos realistas: la mayoría compramos entre semana en el supermercado, no en el mercado de Nápoles. También vale, solo hay que saber dónde mirar.

Con los tomates paso primero de largo del aspecto y huelo la zona del pedúnculo. Si ahí huele verde y herbáceo, a mata de tomate, la fruta está bien. Si no huele a nada, tampoco sabrá a nada, por muy rojo brillante que esté. Después aprieto con cuidado: debe ceder un poco, no estar duro como una piedra. Y en verano compro a propósito los que tienen «defectos»: forma irregular, acostillados, algo verdes junto al pedúnculo. Los ejemplares perfectamente redondos y calibrados están criados para aguantar el transporte, no para el sabor. Lo más importante: si la caja está en el mueble refrigerado, déjala donde está. Lo que una vez se ha enfriado del todo ya no se recupera.

Con la mozzarella doy la vuelta a la tarrina y miro dos cosas: ¿pone realmente leche de búfala o solo leche de vaca? ¿Y lleva un sello de origen protegido o solo un nombre que suena italiano? Ambas son decisiones conscientes, ninguna es errónea; solo hay que tomarlas y no ir a ciegas. Y me fijo en el nivel de líquido: la bola debe flotar por completo en su suero. Las tarrinas medio vacías las dejo donde están.

Con el aceite de oliva no cojo, para un plato en crudo, aceite de la gama más baja. En la caprese el aceite no es un medio auxiliar, es uno de los ingredientes principales: se nota cada céntimo.

Y con el balsámico tengo que ser honesto: el realmente bueno no lo vas a encontrar ahí. En el supermercado hay sobre todo vinagre joven, ligero y punzante. Para un aliño rápido de ensalada está perfectamente bien, pero un balsámico envejecido y denso, y no digamos un auténtico Aceto Balsamico Tradizionale de Módena o Reggio Emilia, no está en ese lineal. Ese viene de la tienda especializada, del especialista o directamente por internet. Y no tiene por qué costar una fortuna, porque de una gota así solo necesitas dos o tres por plato.

En el italiano: por qué allí simplemente sabe mejor

Camarero sirviendo un plato de caprese en una mesa de un restaurante italiano
©Midjourney: Esta imagen ha sido creada con ayuda de inteligencia artificial.

Volvamos a la pregunta del principio: ¿por qué el mismo plato sabe mejor en el italiano de la esquina que en mi casa? Durante mucho tiempo pensé que había algún truco de por medio. No lo hay. Son cuatro cosas nada espectaculares.

La rotación. Una buena trattoria vende en verano un par de docenas de capreses al día. La mozzarella nunca se queda ahí mucho tiempo, se repone constantemente. En mi casa, la tarrina lleva en la nevera desde el domingo en el peor de los casos.

La temperatura. En la cocina de un restaurante el queso no suele estar en la zona más fría, sino a mano en la parte templada, y los tomates están fuera de todos modos. Lo que llega al plato tiene aproximadamente la temperatura que recomienda el consejo regulador, sin que nadie se pare a pensarlo.

El aceite. Los restaurantes compran aceite de oliva en garrafa y de una calidad que en casa casi nadie tiene, porque por la botella se paga más y se vacía más despacio. Y lo usan con mucha más generosidad que nosotros.

La sal y el momento. El plato se monta y sale de inmediato. No se queda diez minutos en la encimera mientras uno termina de poner la mesa.

Por eso me parece que «en el italiano» es la vara de medir más honesta que se puede tener: no es un nivel de estrella inalcanzable, es sencillamente un plato que llega a la mesa sin rodeos. Y eso se puede reproducir en casa.

Lo que en cambio me estropea el humor en las cartas: la caprese en enero. Ofrecer en pleno invierno un plato que vive al cien por cien del tomate es, en el fondo, una promesa que la cocina no puede cumplir. Yo la pido entre junio y septiembre y el resto del año casi nunca; y si aun así cae, entonces la burrata, porque ahí el protagonista es el queso y el tomate solo acompaña. Por cierto, es también una buena prueba para juzgar un local: si en febrero hay caprese en la carta y el camarero la recomienda sin dudar, ya sabes bastante.

Los cinco errores más frecuentes

  • Todo helado de la nevera. El error más grande con diferencia. Tomate y mozzarella necesitan temperatura ambiente; si no, ambos saben a la mitad.
  • Tirar el suero. Protege el queso. Abrir solo cuando el plato se vaya a montar de verdad.
  • Montarlo demasiado pronto. Una caprese que espera veinte minutos se vuelve acuosa. Es un plato del momento, no una ensalada de bufé.
  • Picar la albahaca. Arrancarla. Siempre. La albahaca cortada se oscurece y amarga.
  • Demasiadas cosas encima. Pimienta, ajo, cebolla, rúcula, piñones y además una crema oscura y espesa, y de los tres ingredientes de los que va todo esto ya no queda nada.

La receta de un vistazo

Ingredientes para 2 personas como entrante:

  • 2 tomates grandes muy maduros, de ensalada o corazón de buey
  • 250 g de mozzarella de búfala o fior di latte, a temperatura ambiente
  • 1 puñado de albahaca fresca
  • 3 cucharadas de aceite de oliva virgen extra con carácter
  • sal marina gruesa
  • orégano seco al gusto
  • opcional: 2–3 gotas de Aceto Balsamico Tradizionale envejecido, solo sobre el tomate

Elaboración:

  1. Sacar la mozzarella y los tomates de la nevera una hora antes de comer; el queso permanece en su suero hasta el final.
  2. Cortar los tomates con un cuchillo afilado en rodajas de unos 5 mm y salarlos de inmediato.
  3. Escurrir la mozzarella y cortarla en rodajas o desgarrarla en trozos grandes.
  4. Disponer tomate y mozzarella alternándolos en un plato llano.
  5. Arrancar las hojas de albahaca con la mano y repartirlas por encima; espolvorear orégano al gusto.
  6. Regar generosamente con aceite de oliva, añadir si se quiere 2–3 gotas de balsámico envejecido sobre los tomates y servir enseguida. No olvidar el pan.

Preguntas frecuentes

¿Lleva balsámico una caprese de verdad?
Tradicionalmente no. La caprese clásica conoce el aceite, la sal, la albahaca y a veces el orégano, pero no el vinagre. Ahora bien, un Aceto Balsamico Tradizionale envejecido es otra cosa distinta de un vinagre joven y punzante: denso, dulzón, suave. Dos o tres gotas sobre el tomate quedan muy bien con la burrata y salvan un tomate mediocre fuera de temporada. Sobre una buena mozzarella de búfala no pinta nada.

¿Mozzarella de búfala o de leche de vaca?
La de búfala es más jugosa, más ácida y más intensa; la fior di latte de leche de vaca es más suave y más firme. Si el queso tiene que ser la estrella, coge búfala. Si hay muchos otros ingredientes en juego, la fior di latte suele ser la elección más lista, y bastante más barata.

¿Con cuánta antelación puedo preparar la caprese?
Con ninguna. Montar y servir. La sal y el aceite sacan líquido de inmediato; a los veinte minutos el plato está nadando. Solo se puede adelantar lo de alrededor: lavar los tomates, arrancar la albahaca y sacar el queso a tiempo.

¿Qué hago en invierno, cuando no hay tomates buenos?
¿Sinceramente? Cocinar otra cosa. Y si aun así tiene que ser tomate con mozzarella, usa burrata en lugar de mozzarella para que el queso lleve la voz cantante, con los mejores tomates que consigas, algo más de sal y unas gotas de balsámico envejecido. Ya no será una caprese, pero será un buen plato.

¿De verdad hay que sacar la mozzarella de la nevera?
Sí. El consejo regulador señala entre 18 y 20 grados como temperatura de servicio ideal y recomienda sacarla al menos una hora antes. Si tienes prisa, sumerge la tarrina sin abrir cinco minutos en agua a 35 o 40 grados.

Pruébalo una vez así: tomates de la encimera en lugar de la nevera, el queso fuera una hora antes, sal sobre el tomate, buen aceite, albahaca arrancada a mano y, al final, la scarpetta. Te prometo que después harás tu plato de otra manera. Y si te apetece, escríbeme y cuéntame si tu versión acabó con balsámico o sin él.